El efecto mariposa
Aquel día de lluvia torrencial, Benjamín Rojas se encontraba en la cafetería de siempre, a la misma hora. Era un hombre que desde hacía varios años se había dejado seducir por la rutina y sobre todo por la soledad.
Sentado junto a la ventana Benjamín miraba las piruetas que hacia su humeante taza de café y antes de darse cuenta, el recuerdo de Isabela lo invadió de tal manera que creía tenerla a su lado, creía que respiraba su aroma a jazmín, que miraba sus ojos avellana.
-Benjamín, despierta mi amor -susurró Isabela-
-Tuve una pesadilla, soñaba que unos delincuentes nos atacaban y...
-Tranquilízate mi amor, fue sólo eso, una pesadilla
Isabela era una mujer cándida, de rasgos finos y marcados, sonrisa amplia y ojos pequeños color avellana. Su cabello caía desenfadado sobre sus hombros, siempre igual.
-Te amo tanto Isabela
-Y yo te amo a ti, vamos, te he preparado ya el desayuno
Benjamín no podía dejar de contemplar a Isabela, aquel día le parecía la mujer más hermosa del mundo, la forma en la que hablaba y sus movimientos era tan delicados y fuertes a la vez y lo miraba con esos ojos tan llenos de amor que Benjamín sentía que nada más le faltaba, sentía que era el hombre más dichoso. Sin embargo había algo que lo inquietaba, una sensación extraña, un presentimiento.
-De seguro es por el clima
-¿Cómo dices? -preguntó Isabela-
-¡Oh! Nada cariño, pensé en voz alta
Durante el desayuno hablaron de los planes que tenían a futuro, la idea de tener hijos pronto les entusiasmaba. Con apenas un año de matrimonio sentían el mundo en sus manos.
-Cariño saldré un momento -comentó Isabela
-¿Por qué? ¿A dónde vas?
-Al supermercado, hace unos días encontré la receta de una tarta y quiero prepararla
-Te acompaño
-No cariño, mejor quédate a descansar, no tardo
Antes de que Benjamín pudiera reaccionar, Isabela había tomado su abrigo, sus llaves y había salido muy deprisa. Aquella sensación extraña volvió a él, así que corrió detrás de su esposa pero cuando salió ya el coche doblaba la esquina.
Benjamín decidió ir a buscar a Isabela, ya habían pasado tres horas y el supermercado estaba relativamente cerca para haber tardado tanto. Tomó sus llaves y justo cuando estaba en la puerta el sonido del teléfono lo detuvo
-Diga
-¿Señor Rojas?
-Sí, él habla ¿quién es?
-Habla el comandante Álvarez, ¿es usted familiar de la señora Isabel Robles?
-Es mi esposa, ¿que es lo que pasa? ¿se encuentra ella bien? -replicó Benjamín exaltado-
-Señor Rojas, lamento informarle que su esposa...su esposa ha muerto, sufrió un accidente, al parecer perdió el control de su automóvil y...lo siento mucho, es necesario que venga a identificar el cuerpo.
Benjamín se quedó mudo, no pudo articular palabra y las lágrimas comenzaron a emanar de su rostro como una cascada. Colgó el auricular.
-¿Puedo ofrecerle algo más señor? -preguntó un mesero-
La pregunta devolvió a la realidad a Benjamín, se había quedado como en trance recordando el día en que murió Isabela. Miró por la ventana y la lluvia parecía no tener fin. Odiaba la lluvia, aquel día en que Isabela perdió la vida llovía a cántaros.
El café ya estaba frío, y no quería salir aún, menos lloviendo. Pidió al camarero otro café y una pieza de pan. Se dispuso a leer la revista que había comprado a unas cuadras de la cafetería.
La hojeaba realmente sin interés, lo único que quería era matar el tiempo. De pronto un título llamó su atención "El efecto mariposa: ¿casualidad o causalidad?". Continuó leyendo. El artículo trataba de un fenómeno llamado <<el efecto mariposa>> término utilizado en la Teoría del Caos para describir pequeñas variaciones que pueden afectar grandes y complejos sistemas, como por ejemplo los patrones climáticos.
Sugería que el movimiento de las alas de una mariposa pueden tener repercusiones significativas en la fuerza del viento y los movimientos a través de los sistemas climáticos del mundo, y, en teoría, podrían causar tornados hasta en la mitad del planeta.
Lo que el efecto mariposa parecía plantear, es que la predicción del comportamiento de cualquier gran sistema es prácticamente imposible a menos que se pueda considerar todos los factores pequeños que en ellos influyen, lo que podría tener un efecto drástico en el sistema. Así, los grandes sistemas como el clima serían imposibles de predecir, porque hay variables desconocidas demasiado complicadas como para analizarlas.
Benjamín levantó la mirada, encontró esa teoría absurda en demasía.
-Sí, ¡cómo no! -espetó en voz alta-
Miró de nuevo por la ventana, por fin había dejado de llover. Pidió la cuenta.
Caminaba por la acera y el artículo le daba vueltas en la cabeza, se preguntaba sí alguien podría creer en algo tan absurdo.
El viento se había tornado extraño y violento. De pronto una hoja que parecía ser más un comprobante bancario rodó por sus pies, a lo lejos una mujer se aproximaba corriendo y agitando los brazos para pedir a Benjamín que atrapara el papel.
-Aquí tiene -sonrió Benjamín-
-Muchas gracias, me ha salvado de hacer fila dos horas más en el banco
-¡Vaya! No agradezca
Benjamín miró cuidadosamente a la mujer, había algo en ella, algo que lo atrajo como un imán.
-Gracias de nuevo, hasta luego -dijo la mujer-
-Espere -dijo Benjamín como un impulso-
-Dígame
-¿Podría saber su nombre?
-Emma, mucho gusto -le extendió la mano-
-Un placer Emma, mi nombre es Benjamín
Continuaron caminando por la calle, cuando ya casi se ocultaba el sol. Al otro lado del mundo, una mariposa aleteaba por encima de los árboles.
Sentado junto a la ventana Benjamín miraba las piruetas que hacia su humeante taza de café y antes de darse cuenta, el recuerdo de Isabela lo invadió de tal manera que creía tenerla a su lado, creía que respiraba su aroma a jazmín, que miraba sus ojos avellana.
-Benjamín, despierta mi amor -susurró Isabela-
-Tuve una pesadilla, soñaba que unos delincuentes nos atacaban y...
-Tranquilízate mi amor, fue sólo eso, una pesadilla
Isabela era una mujer cándida, de rasgos finos y marcados, sonrisa amplia y ojos pequeños color avellana. Su cabello caía desenfadado sobre sus hombros, siempre igual.
-Te amo tanto Isabela
-Y yo te amo a ti, vamos, te he preparado ya el desayuno
Benjamín no podía dejar de contemplar a Isabela, aquel día le parecía la mujer más hermosa del mundo, la forma en la que hablaba y sus movimientos era tan delicados y fuertes a la vez y lo miraba con esos ojos tan llenos de amor que Benjamín sentía que nada más le faltaba, sentía que era el hombre más dichoso. Sin embargo había algo que lo inquietaba, una sensación extraña, un presentimiento.
-De seguro es por el clima
-¿Cómo dices? -preguntó Isabela-
-¡Oh! Nada cariño, pensé en voz alta
Durante el desayuno hablaron de los planes que tenían a futuro, la idea de tener hijos pronto les entusiasmaba. Con apenas un año de matrimonio sentían el mundo en sus manos.
-Cariño saldré un momento -comentó Isabela
-¿Por qué? ¿A dónde vas?
-Al supermercado, hace unos días encontré la receta de una tarta y quiero prepararla
-Te acompaño
-No cariño, mejor quédate a descansar, no tardo
Antes de que Benjamín pudiera reaccionar, Isabela había tomado su abrigo, sus llaves y había salido muy deprisa. Aquella sensación extraña volvió a él, así que corrió detrás de su esposa pero cuando salió ya el coche doblaba la esquina.
Benjamín decidió ir a buscar a Isabela, ya habían pasado tres horas y el supermercado estaba relativamente cerca para haber tardado tanto. Tomó sus llaves y justo cuando estaba en la puerta el sonido del teléfono lo detuvo
-Diga
-¿Señor Rojas?
-Sí, él habla ¿quién es?
-Habla el comandante Álvarez, ¿es usted familiar de la señora Isabel Robles?
-Es mi esposa, ¿que es lo que pasa? ¿se encuentra ella bien? -replicó Benjamín exaltado-
-Señor Rojas, lamento informarle que su esposa...su esposa ha muerto, sufrió un accidente, al parecer perdió el control de su automóvil y...lo siento mucho, es necesario que venga a identificar el cuerpo.
Benjamín se quedó mudo, no pudo articular palabra y las lágrimas comenzaron a emanar de su rostro como una cascada. Colgó el auricular.
-¿Puedo ofrecerle algo más señor? -preguntó un mesero-
La pregunta devolvió a la realidad a Benjamín, se había quedado como en trance recordando el día en que murió Isabela. Miró por la ventana y la lluvia parecía no tener fin. Odiaba la lluvia, aquel día en que Isabela perdió la vida llovía a cántaros.
El café ya estaba frío, y no quería salir aún, menos lloviendo. Pidió al camarero otro café y una pieza de pan. Se dispuso a leer la revista que había comprado a unas cuadras de la cafetería.
La hojeaba realmente sin interés, lo único que quería era matar el tiempo. De pronto un título llamó su atención "El efecto mariposa: ¿casualidad o causalidad?". Continuó leyendo. El artículo trataba de un fenómeno llamado <<el efecto mariposa>> término utilizado en la Teoría del Caos para describir pequeñas variaciones que pueden afectar grandes y complejos sistemas, como por ejemplo los patrones climáticos.
Sugería que el movimiento de las alas de una mariposa pueden tener repercusiones significativas en la fuerza del viento y los movimientos a través de los sistemas climáticos del mundo, y, en teoría, podrían causar tornados hasta en la mitad del planeta.
Lo que el efecto mariposa parecía plantear, es que la predicción del comportamiento de cualquier gran sistema es prácticamente imposible a menos que se pueda considerar todos los factores pequeños que en ellos influyen, lo que podría tener un efecto drástico en el sistema. Así, los grandes sistemas como el clima serían imposibles de predecir, porque hay variables desconocidas demasiado complicadas como para analizarlas.
Benjamín levantó la mirada, encontró esa teoría absurda en demasía.
-Sí, ¡cómo no! -espetó en voz alta-
Miró de nuevo por la ventana, por fin había dejado de llover. Pidió la cuenta.
Caminaba por la acera y el artículo le daba vueltas en la cabeza, se preguntaba sí alguien podría creer en algo tan absurdo.
El viento se había tornado extraño y violento. De pronto una hoja que parecía ser más un comprobante bancario rodó por sus pies, a lo lejos una mujer se aproximaba corriendo y agitando los brazos para pedir a Benjamín que atrapara el papel.
-Aquí tiene -sonrió Benjamín-
-Muchas gracias, me ha salvado de hacer fila dos horas más en el banco
-¡Vaya! No agradezca
Benjamín miró cuidadosamente a la mujer, había algo en ella, algo que lo atrajo como un imán.
-Gracias de nuevo, hasta luego -dijo la mujer-
-Espere -dijo Benjamín como un impulso-
-Dígame
-¿Podría saber su nombre?
-Emma, mucho gusto -le extendió la mano-
-Un placer Emma, mi nombre es Benjamín
Continuaron caminando por la calle, cuando ya casi se ocultaba el sol. Al otro lado del mundo, una mariposa aleteaba por encima de los árboles.
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